COLOMBIA (BusinessCol, 12 de Mayo de 2015) Ensuciarse hace parte de descubrir el mundo. La ropa llena de arena, con manchas de pasto  o untada de barro, más que prendas sucias, son parte del desarrollo de los niños que al aire libre descubren el mundo y viven nuevas experiencias. La piel, además de ser el órgano más grande del cuerpo, es el órgano de mayor sensibilidad táctil; receptora de estímulos que incluyen  sensaciones como el contacto, la presión, el calor, el frio e incluso el dolor.  Estos estímulos sensoriales  no sólo favorecen el desarrollo neuronal del niño, sino que contribuyen a su pleno desarrollo emocional e intelectual, por lo cual sentir, tocar y experimentar con la piel es la forma natural de descubrir el mundo durante los primeros años de vida.

“Para ayudarlos en esta aventura es importante que desde temprana edad los padres pongan al niño en contacto con diferentes texturas que le generarán sensaciones, que al ser percibidas por la piel, hacen que ésta responda de manera distinta. Por ejemplo; un objeto frío, las texturas calientes,  algo suave o áspero,  hasta lo esponjoso y grumoso produce distintas emociones al tacto que  ayudan a aumentar el tono, la fuerza y la resistencia de los músculos, permitiendo el reconocimiento del cuerpo y las distintas partes del mismo para favorecer habilidades motoras fundamentales como la literalidad, el equilibrio y la coordinación”, afirma Sandra Alejo, Psicóloga especialista en desarrollo infantil de FAB®.

Aunque existen juegos sensoriales que se pueden desarrollar en casa como los masajes,  que  además de transmitir cariño a través del contacto de la piel, permiten la relajación y bienestar del bebé o las actividades con diferentes materiales como pinturas, plastilina y masa de alimento que al untarse ayudan al desarrollo psicomotriz del niño;  la mejor forma de aprender a través del tacto está en la naturaleza, por eso FAB®, la marca de Unilever que se ha consolidado como promotora del desarrollo infantil en Colombia, te invita a salir con tus hijos y descubrir el mundo de diversión que hay fuera de casa.

Así, los juegos que se pueden desarrollar con los niños  al aire libre son infinitos y proporcionan experiencias sensoriales que estimulan sus músculos,  primero sintiendo de forma muy general, después  especificando el área y el objetivo del estímulo. A medida que el niño va creciendo y su sentido del tacto se desarrolla, es muy importante que comience a procesar y relacionar la información que le proporciona la experiencia: caminar sin zapatos sobre el césped, aprender sobre las texturas como se sienten las cosas: arena (áspero), greda (blanda) y piedras (duro)   y jugar con agua para diferencia como la ropa en contacto con la piel puede estar seca, mojada o húmeda, no sólo ayudará a que el niño aprenda a entender la realidad a partir de su entorno, sino que estimulará sus capacidades psicomotrices, cognitivas y afectivas, que más adelante se reflejarán en el desarrollo de habilidades como la comunicación, la expresión y la socialización.

Si a la hora de jugar, tenemos en cuenta su sensibilidad, podemos contribuir a que nuestros hijos crezcan sanos y felices, pues además de la experiencia sensorial, estos juegos nutrirán y reforzarán la confianza del niño, que a medida que explora y se ensucia está aportando valiosas experiencias a su desarrollo y aprendizaje.